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Marts
https://youtu.be/GTkTgFQWQVE?si=zVGXL2SSQfnF9Sma
Marts
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Marts
La paz no es solo la ausencia de guerra; es la presencia activa del respeto, la justicia y la empatía. Es la decisión diaria de elegir el diálogo en lugar del grito, la comprensión en lugar del prejuicio, la cooperación en lugar de la competencia destructiva. La paz se construye en lo cotidiano: en cómo hablamos, en cómo escuchamos y en cómo tratamos a los demás. No es un estado pasivo ni una meta lejana reservada para tratados y discursos. Empieza en el interior de cada persona, en la capacidad de reconocer nuestras emociones sin dejar que se conviertan en violencia. Continúa en nuestras relaciones, cuando aprendemos a resolver conflictos sin herir. Y se expande a la sociedad cuando defendemos la dignidad y los derechos de todos. La paz exige valentía. Requiere paciencia para tender puentes donde otros levantan muros. Implica perdonar sin olvidar, aprender del pasado y trabajar por un futuro más justo. Es un compromiso constante con la humanidad compartida. Que nuestras palabras sean semillas de entendimiento. Que nuestras acciones reflejen respeto. Que recordemos que la paz no es debilidad, sino la fuerza más grande que tenemos para transformar el mundo.
El odio no nace grande; se cultiva en pequeños gestos, en palabras que deshumanizan, en silencios que permiten la injusticia. Se alimenta del miedo y de la ignorancia, y crece cuando olvidamos que detrás de cada rostro hay una historia, un dolor y un sueño. El odio simplifica el mundo en “nosotros” y “ellos”, pero esa división es una ilusión frágil que rompe comunidades y deja cicatrices profundas. Frente al odio, elegir la empatía es un acto de valentía. Escuchar antes de juzgar, preguntar antes de señalar, comprender antes de condenar. No se trata de negar los conflictos ni de evitar las diferencias, sino de afrontarlos sin despojar al otro de su dignidad. Porque cuando convertimos a alguien en enemigo absoluto, perdemos la oportunidad de construir soluciones reales. El respeto no es debilidad; es la base de la convivencia. La diversidad no es amenaza; es riqueza. Cada cultura, cada identidad y cada experiencia amplían nuestra mirada del mundo. Defender la dignidad humana —sin excepciones— es el antídoto más poderoso contra el odio. Que nuestras palabras unan en lugar de herir. Que nuestras acciones protejan en lugar de excluir. Que recordemos, incluso en el desacuerdo, que nadie es menos humano por pensar distinto. Solo así podremos transformar el ruido del odio en un diálogo que siembre justicia, compasión y paz.
Marts
Mis amigas no son el blanco de tu odio. Son mujeres valientes, con voz propia, con errores y aciertos como cualquier ser humano, pero con un corazón enorme que ha sabido sostener, cuidar y luchar cuando ha hecho falta. Si algo las define no es lo que otros inventan sobre ellas, sino la lealtad con la que aman y la fuerza con la que enfrentan la vida. Criticarlas, señalarlas o intentar reducirlas a rumores dice más de quien odia que de ellas. Porque el odio siempre busca simplificar, caricaturizar y herir. Pero ellas son complejas, auténticas y reales. Han trabajado por sus sueños, han superado obstáculos que muchos ni siquiera conocen, y aun así siguen sonriendo, tendiendo la mano y avanzando. Defenderlas no es cerrar los ojos ante sus imperfecciones; es reconocer que nadie merece ser atacado con desprecio. Es recordar que detrás de cada nombre hay una historia, sensibilidad y dignidad. Y que la amistad también es esto: estar presentes cuando alguien intenta apagar su luz. Así que no, no permitiré que el odio tenga la última palabra. Porque mis amigas merecen respeto. Merecen justicia. Y, sobre todo, merecen seguir brillando sin que nadie intente hacerlas más pequeñas. @tobeerix @tuulolitta @super_nere @samanta