Renacer de acero
En la vida pasada fue carne herida,
humillación tatuada en cada gesto,
las risas ajenas, cuchillas sin filo,
pero cortaban hondo, lento, recto.
Cayó al abismo sin nombre ni eco,
donde el alma se disuelve en sal,
y allí, en el fondo del océano oscuro,
se rindió… para luego despertar.
Las cicatrices se fundieron en metal,
los huesos se forjaron en tungsteno,
los brazos, antes débiles, ahora fierros,
con cables que vibran como veneno.
Sobre su ojo izquierdo, un visor escarlata,
lee el mundo con precisión letal,
y el eyeliner, como marca de guerra,
traza su historia en cada parpadeo fatal.
Ya no sangra, ya no tiembla, ya no huye,
el cyborg camina entre luces y humo,
con pasos que retumban como tambores,
porque el dolor… lo convirtió en uno.
Uno con la máquina, uno con el fuego,
uno con la furia que antes lo quebró.
Ahora es invencible, ahora es eterno,
y nadie recuerda al que antes lloró.